Van por mí muchos tiempos de Cuaresmas pasados, desde aquellos de mi niñez, cuando las Iglesias tenían todos los altares e imágenes tapados por cortinajes morados, las cruces y crucificados envueltos en las mismas telas y en mi colegio agustino, suspendíamos las clases y en jornadas de mañana y tarde nos encerrábamos en la Iglesia de San Agustín y trataban de reformar nuestras infantiles o juveniles almas, dándonos un sentido más espiritual, para que huyéramos de todas las tentaciones de lo diario y cotidiano. Y por más que se empeñasen, pasados esos días, todo volvía a la normalidad. Incluso el pobre Pedrito, que año tras año se pudría en el infierno por aquel único pecado, que en el momento de su muerte cometió, y que cuando lo oíamos, nos hacía presagiar que ya estábamos cerca del final de los ejercicios.
Por estas fechas, también era muy normal, en nuestro transcurrir de la casa al colegio, encontrarnos con los tinglaos, concretamente y el más inmediato el que se ubicaba en la Plaza de la Constitución, por aquel entonces Plaza de José Antonio, allí se ponía el de la Cofradía de los Estudiantes, señal inequívoca que la Semana Santa estaba próxima, así como las vacaciones.
Las tribunas comenzaban sus montajes, los escaparates se llenaban de guantes, mantillas, cíngulos, al tiempo que en un ir y venir constante, íbamos entrando a los distintos comercios del Centro pidiendo los Itinerarios Procesionales, los cuales los intercambiábamos entre nuestros amigos para aumentar nuestras particulares colecciones.
“Esta tarde voy a mi cofradía a por la ropa”; “Pues mi hermandad estrena un estandarte”; “Este año mi hermano el mayor va con vela”; y durante muchos días, discurría la Cuaresma y nuestros sueños semanasanteros, entre frases ilusionantes, tensas esperas y sueños de un sentir que repetíamos año tras año.
Era muy normal, ver a las familias tras salir de misa, ir a Anglada, La Española, La Imperial, a las confiterías malagueñas de aquel tiempo y salir satisfechas con esos paquetitos muy bien envueltos y con esas cuerdas que encerraban aquellas torrijas para la merienda. En esos mismos establecimientos, en sus escaparates, cientos de nazarenos de cartón y tela o de caramelos, esperaban mirándonos fijamente, a que nuestros padres o abuelos quisieran obsequiarnos con uno de ellos, eso si, si nos habíamos portado bien.
La verdad que eran tiempos muy distintos, eran otras edades y había otros problemas, pero vivíamos esos momentos de otra forma más sentida.
Ayer, después del tiempo maravilloso que nos ofreció el segundo domingo de cuaresma, salí a dar una vuelta para estirar las piernas, vi los primeros brotes de azahar y me pareció que era Domingo de Ramos, de repente sentí nostalgia de aquellos años pasados, pasé por mi parroquia, estaba solitaria, vacía, bueno estaba Jesús Sacramentado, pero solo y los altares no estaban tapados, tan solo me recordaba el tiempo de cuaresma una humilde cruz, con un sudario morado y en su base unos signos pasionales. Tras departir un instante con Jesús, decidí ir a buscar algo más que me acercara a la cuaresma en la que estamos inmersos, unas torrijas.
Total desolación, “¿Tiene usted Torrijas?”, pregunté en una pastelería céntrica, “¿Torrijas?, No, todavía no es el tiempo!”, me respondió una joven. Así me recorrí medio pueblo, hasta que al final de la tarde mi hijo hizo de samaritano y encontró torrijas. Pero estando con doce días de cuaresma andados de 2012, ni torrijas, ni nazarenos, ni nada de nada, parece que estamos preparando la Feria de Octubre o mejor aun ,el cambio Politico que día, tras día nos recuerdan que estamos en crisis, que hemos sido muy malos y que estamos condenados a seguir penando como el pobre Pedrito.
En resumen, he pasado cincuenta años desde aquellos ejercicios espirituales cuaresmales, en los que se nos asustaba que si éramos malos íbamos a ir de cabeza al infierno, y ahora no tenemos ejercicios espirituales, pero nos siguen castigando con crisis y que tenemos que cambiar, pero eso sin Sin Torrijas.

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